Carolina Hernández Tapia da testimonio del impacto que ha tenido en su vida el error de un juez al momento de dictar una sentencia. Este fragmento de memoria se comparte con la intención de dimensionar los alcances que puede tener en la vida de una persona un error de esta naturaleza y la importancia de la reparación del daño.
El tiempo pasa de manera distinta cuando estás encerrada. Los días se funden en las noches, los años se pierden en la monotonía de la cárcel, y la esperanza se convierte en un espejismo que se aleja cada vez más. Me llamo Carolina Hernández Tapia y llevo 18 años privada de mi libertad, condenada a 324 años de prisión por un crimen que no cometí.
Mi historia no comienza en una sala de juicios, ni en una celda. Comienza el día en que la brutalidad me arrebató todo, el día en que me convirtieron en víctima de la peor tortura que un ser humano puede soportar.
El día que me arrebataron la vida
Tenía 20 años y estaba embarazada de siete meses cuando todo comenzó. No hubo advertencias, ni explicaciones, ni documentos que justificaran lo que me hicieron. Hombres armados, que no se identificaron como policías ni portaban uniforme, me detuvieron con violencia. No sabía quiénes eran ni qué querían.
Me llevaron a un lugar desconocido, lejos de todo, lejos de cualquier persona que pudiera ayudarme. Ahí empezó el infierno. Me golpearon sin piedad, me colgaron de un árbol hasta que perdí el conocimiento, y me electrocutaron una y otra vez. El dolor era insoportable. Les pedía que se detuvieran porque iban a matar a mi bebé. Inevitablemente, mis piernas empezaron a sangrar.
No se detuvieron. Me obligaron a confesar cosas que no había hecho. Cuando me resistía, me sumergían la cabeza en tazas de baño llenas de excremento; me orinaban y me golpeaban el rostro hasta que mis dientes comenzaron a caerse. Cuatro de ellos quedaron en el suelo en ese momento, pero el daño fue tan grande que con los años terminaría perdiéndolos todos.
Le pedí a uno de los oficiales un cigarro, quien entre risas me contestó que para qué quería fumar si estaba embarazada. Pero yo sólo quería saber si mi bebé seguía viva, porque ella reaccionaba con el humo del cigarro y ya habían pasado varias horas sin que sintiera que se movía.
Me torturaron hasta el cansancio, hasta que yo ya no tenía fuerzas ni para llorar. La causa de muerte de mi hija fue brutal: estallamiento de vísceras y calcinamiento interno por las descargas eléctricas. Me arrebataron a mi bebé sin piedad, sin remordimientos. Yo sólo quería que ya me mataran.
Pero la muerte nunca llegó. Sólo más dolor, más miedo y una condena que parecía sacada de una pesadilla.
324 años de prisión por un delito que no cometí
Cuando finalmente me presentaron ante un juez, mi cuerpo ya no era el mismo. Estaba rota por dentro y por fuera. Pensé, ingenuamente, que todo ese dolor terminaría por fin, que alguien vería lo que me habían hecho y me devolverían la libertad. Pero la justicia no existe para personas como yo.
No existen pruebas en mi contra. La única fue la confesional que quedó excluida tras habérseme realizado el Protocolo de Estambul, conforme al cuál se determinó que sufrí tortura al momento de la detención. Sin embargo, por un error de dedo, el juez volvió a incorporar dicha prueba con un número diferente de oficio, es decir, se excluyó el oficio número 3778/2024 presentado por mis policías aprehensores, a quienes supuestamente les confesé haber cometido varios delitos y resolvieron mi situación jurídica conforme al oficio 3478/2024, que contiene la misma información.
Por este error me condenaron a una pena inhumana: 324 años de prisión.
Permanecí 17 años en proceso antes de recibir la sentencia definitiva. Diecisiete años en los que cada día despertaba con la esperanza de que alguien, en algún lugar, escuchara mi historia y detuviera esta injusticia. Pero el sistema no funciona así. Para el mundo yo ya estaba condenada desde el momento en que me detuvieron.
Diecisiete años en los que el Ministerio Público no cerraba la instrucción y el juez no revisaba de oficio la medida cautelar consistente en la prisión preventiva oficiosa.
Ahora sigo aquí, en una celda del penal de Santiaguito, Almoloya de Juárez. Mi vida se quedó en el pasado; mi juventud se perdió en este lugar. Sigo pagando por algo que no hice, mientras los verdaderos culpables siguen libres, sin que nadie los juzgue por lo que me hicieron.
Las cicatrices que dejó la tortura
Las secuelas de la tortura me acompañan todos los días. Perdí todos mis dientes superiores debido a los golpes; mi cuerpo sigue marcado por las quemaduras de las descargas eléctricas, y mi mente revive el horror cada vez que cierro los ojos.
Pero el daño más grande no es físico. Es el miedo constante, la angustia que me carcome el alma al pensar en mis hijos. No he podido estar con ellos, cuidarlos, abrazarlos cuando enferman o protegerlos del mundo. Dependen de mí, pero no puedo hacer nada por ellos desde aquí. Pagan renta con lo poco que puedo ayudar, sobreviven como pueden, sin una casa propia, sin un apoyo familiar fuerte.
Me duele pensar en lo que han tenido que vivir sin su madre. Me aterra imaginar sus noches de soledad, sus dudas, sus miedos. He deseado rendirme, desaparecer, dejar de existir. Porque vivir en estas condiciones no es vida.
La espera interminable por justicia
Me pregunto todos los días cómo es posible que los hombres que me torturaron sigan libres. ¿Cómo pueden dormir tranquilos, sabiendo lo que me hicieron? ¿Cómo pueden seguir sus vidas como si nada, mientras yo sigo aquí, cumpliendo una condena que nunca debí recibir?
No sé cuánto tiempo más pueda resistir. He sobrevivido a todo esto con el único deseo de que algún día la verdad salga a la luz, de que alguien tenga el valor de mirarme a los ojos y decirme: “Se cometió un error. Eres libre”.
Pero ese día aún no llega. Cada mañana me levanto con la misma pregunta en la cabeza: ¿seguir luchando o dejarme vencer? Hasta ahora he elegido luchar. Porque mi historia no es sólo mía. Es la historia de muchas personas que han sido olvidadas y que han sido torturadas y castigadas injustamente.
Yo no quiero ser sólo un número más en esta prisión. No quiero ser sólo una estadística. Quiero que mi voz se escuche, quiero que el mundo sepa lo que me hicieron. Quiero recuperar mi vida, volver a abrazar a mis hijos, reconstruir todo lo que me arrebataron.
No sé cuándo llegará ese día. Pero hasta entonces seguiré resistiendo. Porque la verdadera condena no son los 324 años den prisión. La verdadera condena es la indiferencia de un mundo que sigue girando, mientras yo sigo aquí, esperando justicia.
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