¿La justicia siempre es justa?

 Liviere Michell Del Razo Fernández nos adentra a una interesante reflexión sobre la justicia y el papel que juega la literatura en la discusión y construcción del contenido de este concepto.


El derecho en su esencia se basa en el término “justicia”, el cual, a su vez, se basa en premisas sencillas como tratar igual a los iguales y desigual a los desiguales, o también en premisas no tan sencillas, como “una característica posible pero no necesaria de un orden social”.1 La justicia es un concepto que, aunque parece universal, se construye a partir de diferentes visiones del mundo, valores culturales, contextos históricos y perspectivas personales. En muchos sentidos, la justicia se presenta como una verdad absoluta, una balanza imparcial que debe ser aplicada de manera equitativa a todos, sin distinción. Sin embargo, cuando se observa más de cerca, se hace evidente que lo que entendemos por “justicia” está marcado por una subjetividad inherente que varía según la experiencia, la cultura y el contexto individual. Por eso, en este texto quiero hacer un análisis de aquellos elementos que vuelven subjetiva a la justicia, para entender qué elementos la vuelven un concepto plano y llano en cuanto a su significado y cómo lo anterior influye en la literatura que percibimos como relevante para la materia, tomando como base el capítulo sobre el infrarrealismo jurídico de Argumentar de otro modo los derechos humanos de José Ramón Narváez Hernández (CNDH, 2015).

¿El carácter de justa que se le otorga a una sociedad es utópico o tangible? Ésta es una pregunta que probablemente resuene en nuestra cabeza con una diversidad de significados y mensajes que a lo largo del tiempo se han convertido en la idealización de una realidad en la que persisten los privilegios, las distinciones, los matices y la famosa palabra condicional “depende”: depende de una cantidad interminable de factores que pueden contribuir a la aplicación de la justicia.

El derecho tiene una connotación positiva y tajante en cuestión de las jerarquías que se han establecido a lo largo del tiempo para mantener un orden social, tanto en el aspecto de las autoridades como en el aspecto de las normas. Lo anterior, con base en conceptos de derecho que han ido “perfeccionándose” a lo largo de la historia, entendiendo que tienen más bien el carácter de perfectibles, ya que en su mayoría los conceptos de derecho fueron fundados en culturas extremistas y, por supuesto, machistas; por ejemplo, en la Ley del Talión o en el Código de Hammurabi, entre otros. En su correspondiente contexto temporal en la historia la ley era la ley y quien la contrariara era severamente castigado.

Considero que el alcance total y completo de la justicia se encuentra muy lejos de la realidad; es decir, los aspectos jurídicos bajo los cuales hoy nos regimos no son precisamente iguales. Por lo menos en la actualidad podemos observarlo en una problemática común: el aborto, un tema globalmente polémico que por supuesto representa escollo sólo para un sector específico de la población: las mujeres, En teoría, todos los seres humanos que habitamos en el planeta gozamos de derechos y obligaciones. Los derechos humanos se encargan de proteger a las personas por el simple hecho de existir. Sin embargo, en este contexto no en todos los países del mundo las mujeres tienen el derecho a la libre decisión sobre su cuerpo, pues en naciones como Andorra, El Salvador y El Vaticano, el aborto en cualquier circunstancia está prohibido. Éste es un ejemplo que podría prestarse a un análisis muy extenso, pero el punto que quiero subrayar es que toda la legislación de una sociedad se basa en el contexto actual. En principio, podríamos afirmar que la justicia no es universal, puesto que la aplicación de los derechos humanos está sujeta a la interpretación de cada país. Además, la subjetividad de la justicia también se manifiesta en las experiencias cotidianas de las personas. En sociedades en las que existe una marcada desigualdad económica, los individuos de las clases más bajas pueden percibir que el sistema judicial está sesgado a favor de los ricos y los poderosos, puesto que, por ejemplo en el caso del aborto, quienes tienen las mejores posibilidades económicas sencillamente pueden trasladarse a cualquier parte para realizarse un procedimiento quirúrgico de ese tipo. Pero aquí nos referimos a los países que, en su mayoría, no se encuentran en esas condiciones, por lo que podemos identificar otro factor, el socioeconómico, que desempeña un papel muy importante en el tema de la justicia, ya que puede sostenerse que la justicia es principalmente para aquellos que pueden solventarla, pues la justicia es onerosa, dado que los procedimientos judiciales en cualquier ámbito monetariamente representan una inversión considerable. Lo anterior, sin contar el tiempo invertido en los procesos penales, el desgaste emocional de las víctimas y la infinidad de trabas que la ley se ha encargado de colocar ante situaciones que podrían tornarse mucho menos difíciles si los cuerpos legisladores se lo propusieran.

Los derechos humanos forman parte de un saber experiencial que se ha ido construyendo paulatinamente. La evolución ha sido clara en ese tema, pero creo que bajo una interpretación torpe de los elementos que nos anteceden como sociedad. Pongámoslo de la siguiente forma. Existen dos personas: una con la reputación de ser la persona más injusta del mundo, aunque realmente sea la persona más justa que pueda existir; la otra, con la reputación de ser la más justa que existe, con todos los honores y los beneficios que esto pueda implicar, aunque en realidad sea la más injusta del orbe. ¿Cuál de estas dos personas es más feliz? ¿Cuál preferimos ser? Podríamos afirmar que lo primero que pasó por nuestra mente (al menos si pasó por la mía) es la imagen del sujeto que vive de la apariencia de la justicia, porque al imaginar que todos y cada uno de nosotros pudiéramos hacer lo que quisiéramos, sin que nadie se entere, seríamos felices, lo cual significa que más bien le tememos al castigo que podríamos merecer si rebasamos los límites establecidos por la ley. Aquí nos enfrentamos a la idiosincrasia de que el bienestar colectivo es automáticamente equivalente al bienestar individual, porque ser seres sociales nos convierte en dependientes de cuestiones básicas como las relaciones interpersonales y los elementos que las conforman. A pesar de que nuestro sistema jurídico se basa en un sistema ético, existe una aparente frialdad del derecho frente a las situaciones jurídicas que enfrenta.

Otro ejemplo que ha sido evidente, al menos en lo que concierne a la República mexicana se refiere a los pueblos originarios y a las comunidades indígenas, los cuales han enfrentado grandes desafíos para acceder a la justicia, dentro de los sistemas legales tanto nacionales como internacionales, debido a la discriminación, a la falta de reconocimiento de los derechos de esa población, a la exclusión histórica y a las diferencias culturales. Ejemplos como éste, que han sido y continúan siendo tópicos de sesudos análisis a la hora de legislar, marcan parámetros y establecen, una vez más, que la justicia como concepto no es alcanzable en su totalidad, lo que nos regresa a la pregunta inicial de este ensayo.

Filósofos como Platón y Aristóteles reflexionaron sobre la naturaleza de la justicia y, aunque reconocieron su importancia, aceptaron que las sociedades y los sistemas legales nunca serían completamente justos, debido a la complejidad y a las contradicciones inherentes a la naturaleza humana y social.

La justicia no es un concepto fijo, ni un valor absoluto, sino que depende de contextos culturales, históricos, legales y morales. Mientras que hemos llegado a ciertos consensos y principios que buscan acercarnos a la equidad y a la dignidad, siempre existe una tensión entre lo que se considera “justo” y lo que es “justo” desde un punto de vista ético y moral. El sentido común de justicia, aunque útil, es dinámico y puede estar influido por los valores dominantes de una sociedad en un momento determinado.

En última instancia, la justicia es un ideal en constante construcción, y el dilema de si “siempre es justa” depende de nuestra capacidad colectiva de reconocer las injusticias y pugnar por un sistema que respete los derechos y las dignidades de todos.

Ahora bien, con base en este concepto de justicia, que se desdibuja ante las distintas problemáticas que existen en el mundo, quisiera hacer énfasis en la materia, la cual ha sido objeto de análisis desde distintas posturas y diversidad de opiniones.

La literatura siempre ha sido un vehículo para denunciar injusticias y cuestionar las normas sociales y políticas. Los escritores contemporáneos abordan temas como la desigualdad racial, y de género, la discriminación, la opresión política, la violencia de género y la injusticia económica. A través de sus relatos, los escritores plantean preguntas sobre cómo las estructuras de poder perpetúan la injusticia y cómo las personas luchan por obtener justicia en el seno de sistemas que muchas veces están diseñados para mantener el statu quo. En la actualidad, la literatura desempeña un papel importante en la protección y la promoción de los derechos humanos. Los autores a menudo se convierten en defensores de esos derechos humanos, utilizando sus obras para dar visibilidad a las luchas de los pueblos oprimidos, como los pueblos indígenas, las minorías étnicas, los inmigrantes o las víctimas de la pobreza y la violencia. De ese modo, la literatura se convierte en una forma de resistencia, en un medio para hacer públicas las historias que a menudo son silenciadas o ignoradas por los sistemas de justicia formal. 

En resumen, la literatura hoy en día juega un papel fundamental en el debate sobre la justicia, no sólo como reflejo de las tensiones sociales, sino como herramienta activa para cuestionar, confrontar y redefinir lo que entendemos por “justicia”, ya sea denunciando atropellos históricos y sociales, explorando las complejidades de la identidad y el perdón o abriendo espacios para aventurar nuevas interpretaciones sobre lo justo. En consecuencia, los escritores continúan utilizando la literatura como un medio poderoso para desafiar y expandir nuestra comprensión de lo que significa vivir en un mundo justo: “Al establecer conexión con las circunstancias de otros, en otros ámbitos y a través de otras voces, tenemos una comprensión más amplia y más abarcadora de la condición humana. Salimos de nuestra individualidad para incursionar en acontecimientos y lugares diversos y luego de ese paso por situaciones de seres y/o grupos que quizás nuestra particular realidad nunca nos hubiera presentado, volvemos a nosotros mismos transformados. Ello en sí mismo constituye un valor, por cuanto importa un ejercicio de ductilidad y de predisposición para el cambio. La literatura nos enriquece en el sentido que agranda nuestro escenario de comprensión y emoción”.2

Notas:
  1. Hans Kelsen, ¿Qué es la justicia?, Universidad, México, p. 1, 1956.[]
  2. Rosa Vila, Ana María Vila Bartolomé y Orfila, “Lectura, literatura y justicia en la formación universitaria”, Academia. Revista sobre Enseñanza del Derecho de Buenos Aires, vol. 11, núm. 21, 2013, pp. 175-191.[]

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