El maestro del cine John Ford se llamaba en realidad John Martin Feeney. De padres irlandeses, nació en 1894 en Cape Elizabeth, en Maine, Estados Unidos, el más pequeño de los hermanos de una familia numerosa.
Siguiendo a su hermano mayor viajó a Hollywood. En 1913 dio sus primeros pasos en la naciente industria cinematográfica. Fue utilero, doble de acción y asistente y adoptó el apellido “artístico” que usaba su hermano: Ford.
Se dice que su opera prima como director fue El tornado (1917), un cortometraje western que también se le atribuye a su hermano Francis.
Después de una intensa actividad en el cine silente (fue actor en El nacimiento de una nación de D. W. Griffith, entre muchas producciones), John Ford obtiene su primer crédito en el sonoro con El barbero de Napoleón (1928).
Por El delator (1935) logra su primer Oscar como director, y con La diligencia (1939), su gran éxito en el western, parteaguas del género.
El mismo año de La diligencia emprende la filmación de El joven Lincoln, cinta biográfica de uno de los “padres de la nación” de Estados Unidos.
Un par de años antes de la película, se representó con éxito en Broadway la pieza teatral Abe Lincoln en Illinois, de Robert E. Sherwood, con Raymond Massey en el protagónico.
El guión que Lamar Trotti escribió para la cinta situó a Lincoln en 1832; un joven veinteañero, modesto empleado de una tienda del rural poblado de New Salem, Illinois, que encuentra un “maravilloso invento” del ingenio humano: los libros. Con ellos descubre el placer de la lectura, la riqueza de los textos, la fuerza de la ley en las ideas y las palabras que encierran en sus páginas. “Leyes —afirma Lincoln extasiado al pasar las páginas—, supongo que sacaría algo en claro si me lo propusiera”.
Es una “historia humana de la inquieta juventud de Abraham Lincoln”, a quien vemos desarrollar su ingenio, su elocuencia, su imaginación, su serenidad y su apego a la verdad y a la justicia en la defensa de las “nobles causas”.
Henry Fonda, de 34 años de edad, da vida al espigado, de prominente nariz, de sabia calma y estoicismo a toda prueba, míster Lincoln.
Deslumbrado por el aprendizaje en los libros, herido por la pérdida de la joven amada, Abe viaja entonces a Springfield, la capital del estado, con la intención de montar un despacho, que finalmente se anuncia en el periódico: “J. T. Stuart & A. Lincoln, Abogados”. Es el 12 de abril de 1937.
Su primer caso es la defensa de un par de jóvenes acusados de asesinato. Antes, tendrá que evitar el linchamiento que el pueblo pretende hacer con los jóvenes. Ford despliega su oficio en el tratamiento de la historia. Una vez más, como en el western creado por él, es el hombre solitario frente al destino o la fatalidad; en este caso, un duelo de argumentos, no de armas, es la fuerza de la palabra y la razón de la justicia. El juicio comienza.
La cinta de “cine judicial” obtuvo el Oscar al mejor guión y se convirtió en referente del género.
Ante el pueblo reunido para hacer justicia por su multitudinaria cuenta, Lincoln afirma: “Lo malo es que cuando los hombres se toman la justicia por su mano, es que, en medio de tanta confusión, pueden ahorcar a alguien que es un asesino como a alguien que no lo es”.
Porque, como el propio Lincoln escribió: “La felicidad de cada hombre es su propia responsabilidad”.