Recuerdos de un inocente condenado

Edwin Israel Galván Vidal da testimonio del impacto que ha tenido en su vida el error de un juez al momento de dictar una sentencia. Este fragmento de memoria se comparte con la intención de dimensionar los alcances que puede tener en la vida de una persona un error de esta naturaleza y la importancia de la reparación del daño.


En la cárcel no todos somos iguales. Existen muchas clasificaciones: está el rico y está el pobre. Está el sentenciado y está el de medida cautelar. Hay dormitorios para los que se portan bien y para los más problemáticos. Existen dormitorios dependiendo de la peligrosidad del delito por el que te sentenciaron. También hay verdaderos inocentes y falsos inocentes; así también, existen verdaderos culpables y falsos culpables. Los falsos inocentes son aquellos que creen que, si se engañan a sí mismos, a sus familias y a sus abogados, pueden engañar al juez o pueden ser personas que no entienden que la conducta que cometieron era delictiva y que de alguna manera estaba justificada. Los falsos culpables son aquellas personas que no cometieron el delito por el que los privaron de su libertad y tratan de intimidar a los demás como una medida de supervivencia. 

En la cárcel no todos somos iguales. Existen muchos “sistemas de castas”. Así como sucede en el mundo exterior, en la cárcel cada individuo considera que debe recibir un trato diferente al de los demás: el rico porque puede pagarlo; el pobre y el enfermo porque están en una situación de vulnerabilidad más agravada que los demás; el que tiene una relación sentimental, de amistad o de negocios con el personal de seguridad o administrativo porque tiene acceso a ciertos beneficios, y los inocentes porque la cárcel es para delincuentes. 

Cuando eres inocente en la cárcel sabes que momento a momento el Estado está violando tus derechos humanos. Te sabes víctima y eso te convierte en un interno problemático. No quieres formar parte de los programas de reinserción social porque no fueron diseñados para ti. Porque si empiezas a tomar los cursos que te asignan es como convalidar una decisión errónea. Entras en contradicción porque te van a servir para un beneficio preliberacional. Poco a poco pierdes la esperanza de que te declaren inocente y cedes ante el Estado para obtener tu libertad lo más pronto posible. 

Obetener mi libertad no fue nada fácil. El juez que me condenó salió en una nota periodística en la que se referían a él como un juez “duro”. Al parecer, a los abogados les gusta mucho llevar los motes “duro” y “de hierro”: el fiscal de hierro, el juez de hierro, etcétera. Al parecer, decretar libertad es perjudicial para sus carreras profesionales porque al ojo del público da la impresión de que si la decretaron es porque recibieron dinero. 

Suena tonto, pero para no parecer corruptos, son corruptos y se van aventando la bolita: el ministerio público no decreta la libertad porque eso se puede conseguir ante el juez, el juez no lo hace porque se puede conseguir ante los magistrados, y éstos no lo hacen esperando recibir orden del Tribunal Colegiado en el amparo. 

Es similar al juego infantil de la papa caliente: el que libere al que fue acusado por el delito de trata se quema. 

Me explico: a mí me sentenciaron en 2016; presenté una apelación que resuelta ese mismo año. Después tuve que presentar dos amparos durante los cuales los magistrados federales no entraban al fondo de mi asunto y únicamente ordenaban que se ajustara la pena o se aplicara alguna legislación distinta. 

No fue sino hasta mi tercer amparo que el Tribunal Colegiado entró al fondo del asunto. Y la única razón por la que lo hizo fue porque tenía una nueva conformación; es decir, llegó un magistrado distinto que estudió mi expediente y se dio cuenta de que no había existido ningún delito y que me habían sentenciado por criterios erróneos.

En su sentencia, le explicó a la Sala Penal (autoridad responsable) los elementos dogmáticos del tipo penal y le ordenó que, con base en su estudio, fundara y motivara porque, en su consideración, se había acreditado la existencia del delito; es decir, no fue tan claro al decirle que no consideraba que se hubiera cometido algún delito.

En su nueva sentencia, la Sala Penal volvió a confirmar mi condena. Nada más porque a mi abogado se le prendió el foco y presentó un incidente de incumplimiento de sentencia de amparo fue que la autoridad responsable me concedió la libertad, ordenando al juez de primera instancia que revocara su sentencia condenatoria. Todo se regresó en cascada, otra vez, como la papa caliente: mi libertad no me la dio el Tribunal Colegiado, ni me la dio la Sala Penal. Me la dio el juez de primera instancia que nio era el mismo que me condenó.

Cuando por fin pude decirles a los custodios que ya me iba porque era inocente, abrieron sus ojos, sorprendidos, pues siguieron sin creer en mi inocencia; más bien se sorprendieron del abogado y dijeron: “Debes tener un muy buen abogado porque venías muy pesado”. 

Salir de la cárcel fue salir de un sistema de castas a otro. Adentro yo consideraba que debía tener privilegios por ser inocente; afuera, las personas que no han pisado la cárcel creen tener más privilegios que yo, porque para la sociedad siempre seré el culpable del delito de trata de personas que tuvo a un muy buen abogado.

De repente esas palabras que me parecieron tan poéticas en mi amparo: “La justicia de la Unión ampara y protege a Edwin Israel Galván Vidal”, se convirtieron en palabras de impunidad. Al parecer, tengo que estar agradecido con el sistema de justicia que me privó de mi libertad por siete años porque al final funcionó y, como mi caso es un “ejemplo” de que el sistema de justicia es funcional, no merezco ni una disculpa.

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